Ago 25 2007
Gran manzana podrida
Nueva York. Junio de 2006. Giro la esquina de la calle 42 con Broadway. Ante mí las fachadas publicitarias de papel impreso, neón y efectos digitales. Leo en algún sitio que los anuncios en estos edificios deben ser obligatoriamente tecnológicos. Es una obligación administrativa de quien ha entendido que la publicidad en Times Square es ya un icono turístico de Manhattan.
Logroño. Agosto de 2007. Giro la esquina de Avenida de Portugal con Víctor Pradera. También en la zona comercial de La Gran Manzana. Ante mí una fachada publicitaria también impactante. Es la emblemática esquina del viejo Tívoli. Una manzana donde se avecinan seguramente apartamentos de lujo para bolsillos desahogados. De lejos veo que sobre la gran lona que cubre el edificio se alzan imágenes de construcciones. Me acerco curioso para ver en qué se transformará esta manzana. Me sorprendo, sin embargo, con algo que se parece a cualquiera de las miméticas páginas inmobiliarias del diario local donde un operador del sector muestra sus distintas promociones en la ciudad. Un anuncio de “imagen” de empresa con los avales del promotor. Esto provoca en mí las primeras reflexiones publicitarias. Deformación profesional. Sin duda, si se trataba de impactar, lo consiguen. Dicen que la publicidad tiene que ser en primer lugar un “puñetazo en el ojo del espectador” para captar la atención. Y, vaya si lo consigue. En buena parte tiene que ver con la baja saturación del medio: recuerdo en Logroño una gigantografía publicitaria con un bebé que conmemoraba el 50 aniversario de Caja Rioja en su sede central del Espolón, en la misma plaza creo que un Toyota Yaris ensabanaba un edificio en restauración y tal vez alguna otra en la Plaza del Mercado… Me pregunto, sin embargo, si una cumplido este objetivo consigue los restantes. Supongo que uno de ellos será informar de lo que esta empresa promueve. Y eso quizás también lo logra. El gran anuncio no tiene grandes problemas de descodificación. El tercero entiendo que será reforzar la imagen de prestigio de la empresa. Y aquí comienzan a asaltarme las dudas. Recuerdo entonces con envidia anuncios como casas en ciudades sí cosmopolitas como Madrid, Barcelona y, por supuesto, Bilbao. Lonas gigantes que cubrían magníficos edificios en rehabilitación ocultando el andamiaje y mostrando virtualmente el resultado final prometido para tan nobles fachadas. Y en alguna esquina asomando discreto pero suficiente algún patrocinador, una Telefónica cualquiera aprovechando la oportunidad de ser vista otra vez pero con la clase y elegancia requeridas para la ocasión. Con estos pensamientos sobre urbanismo, ética y estética, objetivos, mensajes, impactos continúo por Bretón de los Herreros, la calle más bonita de Logroño a pesar de la publicidad. Recuerdo haber mencionado más de una vez a mis clientes y compañeros que una de las cosas que hacen a la comunicación y al marketing diferente a otras disciplinas es que cada euro empleado no solo no supone necesariamente un beneficio sino que puede suponer una pérdida de imagen y reputación si ha sido mal invertido: el mensaje inadecuado, el lugar inapropiado, la forma indebida… Nuestro dinero y nuestra imagen por los suelos. Continúo hasta Siervas de Jesús pensando en una idea recurrente: una cruzada del estilo de aquella que luchaba contra los enanitos de jardín frente al mal gusto en diseño, en publicidad. Niego la mayor: a veces, no es cuestión de gustos. Hay equivocaciones objetivas que hieren a unos, otros no les otorgan importancia pero que nadie jucioso aprobaría. Subo en el ascensor de mi casa pensando en el título del próximo blog. Entro en casa, enciendo el televisor y un anuncio de Autocontrol me dice que están trabajando por una publicidad responsable. Enciendo el portátil. Ya lo tengo: gran manzana podrida.














