Sep 24
Reuniones y otras hierbas
Esta mañana hemos arrancado el curso laboral. No llevábamos ni dos horas cuando ya me he empezado a agobiar: el miércoles reunión de “Expertis”, el todopoderoso sistema de gestión integrada de ERP y CRM que vendrá a poner orden en nuestras caóticas vidas publicitarias. Luz y esperanza binarias, eso sí, pero menos es nada. Pero hasta que enciendan la puñetera vela que alumbrará nuestros atribulados destinos lo que estamos sufriendo en su génesis es parda, con reuniones inacabables y discusiones multibanda sobre lo humano y lo divino.
La verdad es que no me pirro por las reuniones en general y aun sabiendo que son muy necesarias en muchas ocasiones, siempre resuenan en mi cabeza las palabras de mi padre, de oficio publicista –en ningún sitio del mundo se ha hecho un monumento al comité- . Estoy seguro que algo de razón no le falta, pero son necesarias. Ahora bien, creo que muchas veces son poco o nada operativas; se decide poco y se divaga mucho.
Considero que si la gente cruzáramos unos correos antes de las reuniones exponiendo los puntos que creemos que hay que tratar y llegásemos a un consenso inicial de lo que vamos a discutir, arreglaríamos un poco el asunto. Y si además llevásemos nuestras ideas por escrito y las compartiéramos con los demás, mejor que mejor. Las veces que lo he hecho me han ido muchísimo mejor las reuniones, pues no solamente no se te olvida lo que tienes que decir, sino que además, al obligarte a enumerar y argumentar tus puntos de vista, se realiza un importante ejercicio de reflexión e interiorización de lo que debes y quieres decir. Te ayuda a aprender tus propias ideas, a dotarlas de contenido, a solidificarlas. También aquí me acuerdo de un profesor de Ética Filosófica de la Universidad de Barcelona, probablemente el que me enseñó las cosas más importantes que sé y quien despertó mi pensamiento más crítico, Francisco López-Frías, el cual me regaló una gran frase que nunca olvidaré y que guardo como un tesoro: “lo que se oye, se olvida; lo que se lee, se recuerda; lo que se escribe, se aprende”, entendiendo el verbo aprender en el sentido de hacer algo tuyo, de tomar en posesión. Pues eso, que desde entonces escribo, para aprenderme lo que vagamente pienso a retazos durante días o meses.
No creo que se pueda obligar a nadie a escribir, pero la verdad es que creo que es un ejercicio sanísimo para poner las ideas en claro y sobre todo para ayudar a que nos entiendan los demás.
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26 Septiembre 2007 a las 8:38 pm
Estoy, como casi siempre, de acuerdo. Y añadiría que en general a los latinos nos falta práctica de reuniones efectivas y ello precisamente nos hace considerarlas inoperantes. ¿Qué tal una convocatoria formal, con orden del día, con puntualidad, con acta? Sería un primer paso.