Ene 30
¡Que sabrás tú de mí!
Recientemente he asistido junto con otros compañeros a un minicursillo sobre protección de datos, ofrecido por la consultora que nos lleva estos temas. La exposición, realizada por Daniel Zárate con extraordinaria claridad, me resultó muy interesante en el terreno profesional, con puntualizaciones precisas y clarificadoras, pero me hizo reflexionar una vez más sobre la curiosa tendencia social y política de poner puertas al mar.
No dudo que es necesario legislar para evitar los usos abusivos del ingente volumen de datos que manejan, manejamos, los diferentes actores empresariales sobre los usuarios. Incluso con la estricta LOPD se siguen cometiendo atropellos a diario, se machacan cuentas de correo con ofertas de pastillitas azules que prometen devolverte a una efervescente y testosteronizada adolescencia, se atiborran los buzones de correo con fantásticos viajes a Torremolinos por la patilla y con sábanas coloradas con un tío que me dice que soy un gilipollas por comprar la tele en mi pueblo, y a mi jubiladísimo padre le llaman cada semana de Cityleches para ofrecerle una Visa Oro, el primer año sin costes, que le convertirá en el amo de la fiesta cuando pague con ella el cortadito en el café de la esquina de su casa. Por lo tanto, si no la tuviéramos, la LOPD, que no la Visa de marras, me imagino el pastelazo que tendríamos que soportar.
Ahora bien, como todo, creo que es necesario poner las cosas en su justa medida, y no volvernos locos con lo que saben de nosotros y la protección paranoide de nuestra intimidad. Es fácil, muy fácil, saber quien ha puesto un comentario en un blog, por ejemplo, y más si el comentarista deja su correo electrónico de verdad. Su IP queda registrada, un trabajillo de investigación de minuto y medio, y al final tienes la foto y el dónde trabaja el susodicho o susodicha, seamos paritarios. Mis compañeros lo han visto esta tarde y son testigos de que no miento. Hasta podemos saber que tiene una cierta afición por los animales de compañía. Vale ¿y que? En todo caso no sé nada que sea absolutamente privado, ni trascendente, ni comprometido. Cuando pones cualquier cosa en Internet, ya sabes lo que estás haciendo. Para mi es muy parecido a poner un mensaje en una botella, que sabes donde la tiras pero no donde llegará.
En fin, saber de alguien es bastante más que saber de sus datos sistematizados. DNI, seguridad social, nómina, cuenta bancaria, mi historial clínico, mis análisis llenitos de estrellas como un general, declaraciones de renta, creo que hablan poco de mí. No tienen ni puta idea de que siento cada mañana del 26 de mayo, de por qué no puedo escuchar el Concierto de Aranjuez, de donde me encontrarías si decido perderme. No lo sabes.
Quizá por eso tengo una actitud un poco hippie tecnológicamente: navego sin protecciones, no creo que mi equipo se muera por un catarro digital, no protejo demasiado mis redes, comparto lo que tengo, le guste o no a la SGAE y tengo poco miedo a perder nada importante. Todo está en Internet. No se lo recomiendo a nadie, mi profesión me obliga, pero es mi verdad. Al final, oyendo todo esto de la LOPD, lo vi claro: todo lo que me importa, en última instancia, no es digitalizable. Afortunadamente.









01 Febrero 2008 a las 12:41 am
Sí, en la sociedad de consumo en la que vivimos parece que nos preocupa sobremanera que conozcan demasiado cómo somos porque lo utilizarán para vendernos algo. ¿Y qué? Nosotros somos quienes tomamos la decisión de comprarlo o no. Y, además, como dices, lo fundamental es aquellas cosas inmateriales de muy difícil registro digital.