Ago 21
El nombre de las cosas

En el mundo de la comunicación, a las empresas nos encargan algo tan importante para una marca como dotarle de nombre. Y una marca venderá más o menos en función del nombre elegido. A esto le llamamos, usando un horroroso e inncesario anglicismo, naming, porque en el fondo pensamos que el cliente estará dispuesto a pagar más por este servicio que si tuviese un nombre menos rimbombante. Igual ocurre con branding y con otros muchos anglicisimos y neologismos que atormentan nuestra profesión. Hay empresas que viven solo de esto. Una de ella, que se llama precisamente El nombre de las cosas, puso, por ejemplo, el nombre a Faunia, entre otras muchas marcas.
Recientemente, en una revista veía un envase de Vivesoy, un zumo con soja y pensaba en la fuerza de los nombres. Cuántas personas se paran a pensar en su significado no es algo relevante. Pero estoy seguro, aunque lo desconozco, que al tomar la decisión, los responsables de Marketing y su agencia valoraron el sonido de la marca, pero también un montón de posibles significados más: soy significa soja en inglés; soy pertenece al verbo ser y apela al individuo; a la vez el sonido de la marca sería equivalente a Vives Hoy (con hache) y vincula al presente y al carpe diem. Lo mismo pensaba el mismo día ante un envase de Minute Maid de limón. La marca es genial, Limón&Nada. Separan
Otro ejemplo, hace unos meses en Nueva Imagen, en La Rioja, implantamos los “horarios a la carta”. Evidentemente, quienes nos dedicamos a esto sabemos que no tiene la misma fuerza esta expresión que si, simplemente, hablamos de horario flexible. Es la fuerza de las palabras, de los conceptos, del lenguajes.








