Yo ya lo sospechaba. Eran muchas las ocasiones en las que me había descubierto en renuncios ligeramente anacrónicos, en actitudes suavemente nostálgicas, impropias de un geek como yo. Lo achacaba a varias circunstancias, desde recuerdos macarras acechando en cualquier esquina, en cualquier luz de tungsteno, en cualquier punteo ochentero de guitarra, hasta fallos químicos en mi córtex. Me empecé a preocupar el día, más bien la noche, en que, en medio de una crisis de mente en blanco ante la imperiosa necesidad de terminar un proyecto para el día siguiente, y con un gripazo del carajo, me compré en Amazon un peluco autómático y suizo. Me encantan los relojes, como a mi abuelo, un tipo difícil y entrañable como su vida, al que aprendí a querer en el preciso momento en el que a él se le olvidó que nos quería, multiisquemia de por medio. Relojes automáticos, como Dios manda, como hubiera dicho mi abuelo, ateo hasta las trancas a base de hostias fraticidas. Porque no es lo mismo un reloj de cuarzo que uno automático. El primero anda solo, estés bien o mal, pero el segundo sólo vive si estás vivo, requiere compromiso, se crea un vínculo entre su péndulo y tú, hubiera argumentado él. Y para mí, la palabra de los tipos que han cumplido ochenta y pico castañas sin subvenciones, ni cremas exfoliantes, ni bífidus activo, ni natulatex sobre somier adaptativo de lamas de cedro mongol ni perrito o perrita que les ladre, son, no digo que incuestionables, porque no, pero cuando menos para tener muy presentes con o sin autorización de superjueces. Por pura perspectiva, por puro remojo y esquile de cientos de barbas propias y ajenas.
Como decía, ya me lo temía. Por lo del automático suizo, por las canas incipientes, por el gusto por demasiadas cosas offline, como diría algún memo. Por mi afición a cositas delicadas. Por haber caído rendido ante la explosión de sabores amarillo-verdosos del excelente aceite Q de Aldama que me regaló nuestro amigo Cesar Leon, de nuestros socios de Vinomio. Por sorprenderme recientemente en una enoteca, yo, ya ves, preguntando con toda naturalidad ¿tienes Paco y Lola? Porque quería una cajita de ese albariño por lo mucho que me gusta. La etiqueta, me refiero, que el vino todavía ni lo he probado, pero que adivino magnífico. Demasiados desconchones en mi perfil digital, en mi necesaria careta tecnológica. “Es la excesiva exposición a la perniciosa influencia de la división de Lifestyle de Eva Newton”, me justificaba yo, mientras me dirigía a matricularme en un minicursillo de cata de quesos de oveja lacha, cabra virgen o toro piporro, vete tu a saber. Pero no, era un autoengaño.
Pero la dolorosa constatación de que el tiempo no es sólo un pretexto para mover mi reloj llegó recientemente, cuando me encontraba, ya de madrugada, leyendo notas de cata, bastante desenfadadas, de una nueva bebida de un potencial cliente. Las opiniones eran fundamentales para dar con los recursos adecuados a utilizar en el diseño de la estrategia de presencia en Internet, como parte de un Plan Integral de Marketing, RRPP y Comunicación, para una propuesta de nuestro alter ego, Eva Newton. Entre otras cosas, se les preguntaba acerca de sus hábitos de consumo. Obviamente, los encuestados mentían como bellacos, definiéndose como bebedores ocasionales ¿Ocasionales? Pero si os ponéis como la “Sue Ellen”, les dije yo en un correo insomne y ligeramente resacoso dirigido a nuestra lista de distribución interna.
Como suele suceder con estas cosas, cuando dices lo que te da la gana escuchas lo que no quieres. Así que nada más entrar en la oficina me tiraron a la cabeza una bala rasa: ¿Quién es Sue Ellen? Me preguntó ella, con su metro setenta y diez, guapa, inteligente hasta dolerme, dos carreras, idiomas, preparadísima, brillantísima y excelente compañera, de esas que cuando te toca currar con ella piensas que tienes suerte aunque sea un catálogo de rodapiés. Nataly, -me has matao- pensé yo. “Es que solo tengo 25 años”. ¡Ala, venga, cébate, dame la puntilla!.
Era lo que me faltaba. Apenas dos días antes, mi novia, también jodidamente joven, me hacía una foto, que simpática ella, del cartonaje de mi coronilla que hasta entonces creía ligeramente despoblada, como el Berceo en noviembre. Pero no, mi coronilla es desierto puro, secarral auténtico como los Monegros.
Así que finalmente he tenido que aceptarlo, ya no soy un pipiolo. Y eso me supone un ligero contratiempo, porque al fin y al cabo me dedico a esto de Internet, tan moderno, tan virtual. Un medio con el que guardo una relación a medio camino entre el que te quiero mucho como la trucha al trucho y el has sido tú, canalla, que le dijo la pluma a la Oliveti.
Y es que he de reconocer que no soy un nativo de Internet. Soy un adoptante. Porque aunque convivo con este invento desde hace trece años, es decir, casi desde que se inventó, a mí ya me pilló con la mili hecha y una formación absolutamente analógica. Yo no estudiaba educación para la ciudadanía en ninguna plataforma de elearning hecha en Moddle o en cualquier otro sistema colaborativo, ni en inglés ni en castellano, sino los afluentes y arroyos del Llobregat y cosas de igual trascendencia vital, en libros de papel, sin hiperenlaces ni nada.
Obviamente eso se nota y por lo tanto no puedo evitar ver a Internet como una herramienta más. Con grandes oportunidades, con enormes posibilidades. Con insalvables limitaciones. Con momentos de consumo específicos y registros y discursos precisos. Sirve mucho, y ningún empresario en su sano juicio debería descuidar su estrategia en Internet, que desde luego va mucho más allá de una página mona o un banner suelto en un diario regional, que debe comprender objetivos claros y acciones concretas. Pero sirve para lo que sirve y creo que sólo es efectivo en un plan general de comunicación. Internet no es un fin en si mismo, sólo un medio con herramientas poderosas. Un medio con importancia creciente, sin duda, que probablemente recoja en un futuro cercano la hemorragia inversora que sufren los medios tradicionales, cada vez más vapuleados.
Video Kill the Radio Star cantaban The Buggles, en un oscuro vaticinio del futuro de los medios tradicionales, pero no fue así. La radio encontró su espacio y no creo que se tema seriamente por su futuro. Se cambiaron las formulas, pero ahí sigue, fuerte y estable. Y sí, puede que en un futuro las ondas hercianas sucumban al envite de los bits y que Internet se convierta en el medio principal para su difusión. Pero cuidadito, he dicho medio, no principio o fin, puesto que esas posiciones siempre las ocuparan el locutor y el oyente. Realidad digital, sí, pero de la que se toca con los dedos.
Lo mismo creo que ocurrirá con los medios impresos. Probablemente no la lectura de fasfood, la prensa de consumo rápido y concreto. Ni los BOEs, ni los informes de juntas de accionista del Banco de Santander, ni la foto de la botella huérfana de la tragedia anónima de una casa muda de un bloque gris de una calle que no recuerdo de un pueblo periférico y sin nombre fagocitado por alguna urbe impía, que ya no sé si Madrid o Barcelona, si fue en invierno o en un descuento de la primavera… Probablemente, y no hace falta ser un visionario, la información del día a día se quede para ser consumida por la memoria más famélica en diarios digitales, con capacidad para almacenar desgracias indefinidamente, acumulativamente, y producir el emético recuerdo digital a golpe de ratón. Clic, clic.
Y puede que en un futuro, cercano, lejano, quien sabe, desaparezca el papel. Pero no será antes ni después de al menos, dos cosas que si creo que estoy capacitado para asegurar.
Primero, que tenga un sustituto con la misma portabilidad que un libro, infinitamente más que un portátil, de peso y tamaño similar a un ejemplar impreso. Además deberá ser un dispositivo provisto de una usabilidad similar a la de un libro, algo parecido a pasar páginas, incluso con un tacto más cálido, flexible pero resistente como la vida. Un cacharro con el que cualquiera se sienta a gusto, ligeramente imperfecto. Probablemente una evolución de Kindle, el extraordinario aparatejo de Amazon para la lectura de los eboks.
En segundo lugar, para poder sustituir los medios impresos nos hará falta disponer de la tecnología de diseño web, rápida, flexible y universal, que nos permita maquetar con emoción. Dudo mucho que la presentación fría de una matriz de artículos al estilo de una página web pueda sustituir a la sugerente disposición de los elementos de una revista cualquiera. Quizá ahí tenga algo que decir Adobe, gracias a la combinación de tecnologías como PDF, Rubi On Rails o su esperanzadora plataforma AIR basada en el proyecto Apollo. Y por supuesto con esfuerzo, mucho esfuerzo, de todos los que actuamos en este negocio de la comunicación.
Todavía estamos muy lejos de ese futuro tan virtual, en el que Internet sea el único medio y de hecho dudo que llegue. La gente somos de realidad real, que no hay otra. Nos gusta tocar, sentir. Un catálogo acerca el producto mucho más que ninguna pantalla, por mejor que sea esta. El catálogo te enamora, el papel es algo orgánico. Es el flechazo, la emoción impresa, la servilleta con el teléfono de la chica. Y luego ya vas a Internet y la buscas en el Facebook y las fotos de su viaje a Ibiza con las amigas, en Flikr. Internet da datos, muchos datos, todos los que no caben en el papel, y los da con rapidez, con eficiencia, aumenta el deseo, crea comunidad entorno al objeto, a la marca, sostiene con viveza el pulso que se mantiene desde que se enciende el deseo de tener o hacer algo, hasta que efectivamente se hace o se adquiere. Por eso una estrategia adecuada en Internet es vital. Pero no lo olvidemos, a la chica o el chico lo viste en la calle, es decir en el material impreso, en un entorno con olores, sabores, imperfecto. Humano.
Lo que sospechaba, me he vuelto viejuno. Ahora mismo me voy a coger una botellita de Consejo de La Alta, unas lasquitas de La Flor de Esgueva y me voy a poner como mi amiga Sue Ellen. Por estas canas, por todo lo que se imprime.