Nunca me han gustado las fechas, no creo en ellas. No me gusta la felicidad por decreto. Las fechas, en mi caso, no responden a nada que me vincule emocionalmente a un momento, a un lugar, a un sentir. Salvo la nochebuena, fecha que mi abuelo siempre esperaba azorado, con urgencia de familia. Por eso el cumpleaños de mi novia siempre me baila entre el 20 o el 22 de octubre, me esquiva el día de la madre, se me escapa el del padre y me suele sorprender en una llamada inesperada mi propio aniversario. Así que a nadie que me conozca le sorprenderá que pase bastante del 17 de mayo, día mundial de Internet, o más exactamente Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información.
Alguien pudiera pensar que no es propio de una persona que vive de esto que afirme tal cosa, máximo cuando gobiernos, instituciones y diarios nos atiborran de eventos, absurdos la mayoría en mi modesta opinión, y rosquillas con forma de arroba. Rosquillas. Espero que al menos hayan hecho una versión sin azucar y otras sin grasas animales, por aquello de la accesibilidad de Internet. ¿No sabe a que me refiero? Pues quizá es que usted no es usuario de Internet. Pero yo sí, y metido hasta las trancas en este lío mayúsculo, y quizá por ello, como me sigue emocionando este invento, no siento el día como propio.
Como todo lo que marca vitalmente, mi relación con Internet llegó de manera casual. Sin anuncios, sin preaviso, sin fanfarria. Sin marcas en el calendario. A mi me llegó un día cualquiera del otoño del 96.
Aún me acuerdo de aquellos días, pues como suele ocurrir con todos los amores que perduran no fue un flechazo sino un cúmulo de circunstancias y casualidades encadenadas en días, semanas, meses, que me llevó de una simple amistad con el nuevo medio a este feliz y duradero matrimonio. Yo tenía 23 años, cincuenta kilos menos, una carrera de psicología apunto de concluir que no me hacía feliz, un barbour verde que paseaba por Logroño, un padre mal encajando su recién estrenada jubilación, un corazón en el chasis, un eterno regusto a besos muertos que me avinagraba el caracter, un reloj al que le sobraban muchísimas horas. Un déficit de primaveras. Una situación difícil. Y un amigo, el mejor, que me acompañó en el viaje durante años. Él me animó a comprar un paquete de conexión a Internet por 3.000 pesetas el trimestre, tiempo de llamada a precio de ojo de la cara aparte, de un proveedor llamado Meridian.
Priiiiit-pi-piiii-triiit-touuuch-pi. Algo así era el sonidillo que salía del moden de 28 Kb, cuando finalmente me conecté con eso que llamaban Internet y del que apenas había leído que era el futuro, eso que yo, como los Pixtols, no veía por ninguna parte. Me permitía finalizar mis estudios en la Facultad de Psicología con bastante más facilidad, pues me bastaba con ir sólo un par de día a la semana a San Sebastián. Luego me permitió hacer más grandes las ventanas de mi casa, de mi pueblo. Me traía noticias de Barcelona, de antiguos compañeros que habían resuelto sus problemas antes que su carrera, que es para lo que se apuntan a psicología la mayoría de los alumnos. Me contaba que la fotografía digital nunca llegaría a donde está ahora, que viva el Ektachrome y la Nikon FM2 de segunda mano, pensada para hombres, sin automatismos ni florituras. Luego me regó con dudas, no sabía como resolverlas, pensé que lo nuevo molaba, que allí no me encontraría mi puño y su pluma, estudié ingeniería, monté una empresa con el amigo del párrafo anterior, nos arruinamos, nos reímos, salimos adelante, aprendimos, nos enamoramos totalmente de todo lo que rodeaba a Internet, ahondamos en su conocimiento, perdimos la salud, la paciencia. Hipotequé mi vida personal, descuidé a mis amigos, a mi familia y a mi pareja. Me consagré al medio. Pagué la factura, depresión y benzodiacepinas incluidas. No me arrepiento.
Quería saberlo todo de eso que a mi me parecía lo más. Eso que estaba cambiando el mundo. Las acciones de Terra subiendo como palma y bajando como coco. Quería entender que había detrás; primero la técnica; después la emoción; finalmente el fenómeno social. El camino que distaba entre “el es una moda, a mi no me hace falta” al “si no estoy no existo”. De los 56 kilobites a los 25 megas. Del exilio de mis padres, con cartas desgarradas cada dos meses, ribeteadas de mentiras piadosas que convertían la derrota y la medianía en triunfo y oropel, al balsámico Messenger que puntualmente, cada noche, acerca continentes, emociones. Gente. ¡Había tanto por aprender! Merecía la pena.
Todavía descubro cosas nuevas cada día. Todavía me gusta. Porque le temen gobiernos, asociaciones, empresas. Porque ha dado el poder de decisión al usuario. Porque ha cambiado el modelo económico y social. Porque no sé lo que habrá mañana, porque el término experto lo deja en eterno aspirante, sin tiempo para gominas ni trajes. Porque me permite decir todo esto. Porque no tiene días, ni horas, ni fechas que valgan. Porque simplemente Internet sucede. Segundo a segundo.